El objetivo de esta nota es explicar porqué la toma de buenas decisiones directivas pasa no sólo por la inteligencia, sino principalmente por la voluntad del decisor. Para decidir bien hay que pensar bien, pero sobre todo hay que querer bien.
Actualmente, el discurso teórico sobre la importancia de los sentimientos y su consiguiente influjo en la inteligencia, que se suele llamar emocional, ha desembocado en un cierto olvido del fundamento antropológico sobre el que se levantan las competencias directivas. Emociones y sentimientos son factores críticos; sin embargo, si carecen de una robusta voluntad sobre la que apoyarse, dan lugar a personas incompletas de poco carácter y, por tanto, a directivos, quizás inteligentes pero también inmaduros: Saben lo que deben hacer pero no lo hacen.

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